La Escuadra y Compas, la traicion a todo un pueblo.

10900080_276936272430520_6167951925446282961_oExtension bajo el imperio de las Españas.

La historia que viene a continuacion no se cuenta por que si se contara al publico, inmediatamente la gente se daria cuenta de que a sido todo y es todo una farsa.

Los masones lejos de la libertad que prometiron, sumieron a mucha gente y su descendencia a la esclavitud y miseria, rompiendo el bienestar social que los Virreinatas lograron medainte el “comericio” y bajo las leyes de indias “bases de los actuales derechos humanos.

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Lo que se inició en 1492, con la unidad nacional y el inicio de la expansión imperial, sufrió una primera inflexión con los últimos Austrias y una lenta agonía desde los primeros Borbones hasta que en 1898 terminaron por perderse los últimos girones de un pasado glorioso. ¿Quién fue el culpable? Cuando hay crimen, siempre hay un culpable y, aun cuando no se trató de un solo factor, una responsabilidad fue adjudicada en la época. La España del 98 atribuyó a la masonería la pérdida de las últimas colonias. Los historiadores masónicos afirman que tal criterio solo es mantenido por los historiadores ultramontanos. No, la percepción que tenía el país en 1898 es que existían unos responsables claros y bien definidos: los masones. La prueba es que, con posterioridad a 1898, la masonería española se desintegró prácticamente, la filiación a las logias descendió hasta poner a la institución al borde de la inanición de la que tardó dos décadas en recuperarse. Los masones dicen que no, niegan la mayor y se limitan a afirmar que la culpa no fue suya, que fue de otros y que los masones que destacaron en la independencia de sus respectivos países actuaban por cuenta propia y no de la institución, razonablemente apolítica y soberanemente patriótica. No, a poco que se examinen desapasionadamente las dos opciones se percibe que, tanto en Cuba como en Filipinas, los independentistas, o eran masones o pertenecían a círculos concéntricos de la masonería y que actuaron en defensa de intereses neocolonialistas norteamericanos. Contra peor, mejor. De las cenizas del Imperio surgió la generación del 98, que ve como lo mejor y lo peor se juntaban en inextricable amalgama. Tal como veremos.

La masonería cubana era de filiación yanqui. Las Grandes Logias de Estados Unidos y del Gran Oriente de Francia, crearon las primeras logias en Cuba. Dejando aparte una efímera logia creada por los ingleses en 1762, el primer taller levantado en la isla dependía de la Gran Logia de Pennsylvania, “El Templo de las Virtudes Teologales”, y remonta su fundación a 1804. Otros dos talleres -“Concordia y perseverancia” y “Unión de Corazones”- se constituyeron pocos años después. En 1808, los tres talleres se dispersaron y algunos de sus miembros radicados en Nueva Orleans, constituyeron la logia “Concordia” al año siguiente. Cuando las dificultades cesaron, en 1819 la Logia de Pennsylvania impulsó la creación de cinco talleres. Todas estas logias se disolvieron en 1826, por falta de actividad. Sin embargo, otros talleres tomaron el relevo. La Gran Logia de Louisiana constituyó tres entre 1815 y 1818, la de Carolina del Sur otros dos, pocos meses después. No hay que olvidar que, en esas fechas, Cuba, tenía un volumen de comercio superior con Estados Unidos que con la Metrópoli. En 1819 el Gran Oriente de Francia consiguió asentarse sólidamente en las islas, abriendo talleres en 1821 y 1857. Hacia 1822 se constituyeron las primeras logias dependientes del Gran Oriente Nacional de España y hacia finales de ese año existían en la isla, no menos de cincuenta logias. Cuando en 1823 finalizó el trienio liberal, el general Francisco Deonision, prohibió las logias masónicas en la isla. Solamente unas pocas se reunían en la más estricta clandestinidad en 1838. La constitución de la logia San Andres nº 93, dependiente de la Gran Logia de Carolina del Sur en 1859 fue la muestra de que la tensión se había relajado. De hecho, otras logias habían sobrevivido a la represión, entre ellas las “Prudencia” y “Fraternidad” que, fusionadas el 5 de diciembre de 1859, constituyeron la Gran Logia Soberana de Colón. Pocos días después se constituía el Supremo Consejo de Grado 33, bajo los auspicios del Supremo Consejo de la Jurisdicción Sur de los Estados Unidos. La prohibición siguió en vigor, pero difícilmente podía ser puesta en práctica a tenor de la militancia masónica de distintos capitales generales.

En 1868 se produjeron graves acontecimientos en Cuba que afectaron directamente a la masonería: 18 miembros de las logias fueron fusilados y algo más de un centenar resultaron detenidos y encarcelados. La represión se reveló eficaz, de 30 logias activas en 1868, se pasó a solo 7 dos años despues. En 1875 las logias volvieron a crecer y esta vez de manera sostenida; la polémica antiesclavista era el principal motivo de agitación. El 1 de agosto de 1876 se constituyó la Gran Logia de la Isla de Cuba. Ese mismo año, el Gran Oriente de España constituía talleres propios con el nombre de Gran Logia Soberana de la Isla de Cuba; el Gran Oriente Nacional de España y los disidentes del G.O.E., crearon otros talleres en 1879. Y así llegamos a 1880 con 6000 franc-masones censados en la isla: 56 logias dependientes de la Gran Logia de Colón, 21 de la Gran Logia Simbólica de Colón, 28 logias del Gran Oriente de España, 17 de la Gran Logia Soberana y 7 del Gran Oriente de Colón.

Sería exajerado decir que la masonería cubana solo se preocupó de hacer la guerra a España. Los historiadores masónicos tienen razón en afirmar que las logias no tenían una opinión política unificada. En 1874 la Gran Logia de Colón se defendía y negaba ser separatista. Justo Zaragoza, secretario del gobierno español en La Habana declaró que “unos querían a toda costa hacerse independientes de la Metropoli, otras se inclinaban a la anexión a los EEUU y muchos afiliados preferían disfrutar de la nacionalidad española, los derechos politicos que su constitucion concedía”. La de Bayamo era la más separatista. José Morales, director del diario “El Siglo” de La Habana, igualmente masón, era uno de los ardientes partidarios de la anexión a EE.UU. Pero las logias cubanas se dedicaban, bien es cierto, a encomiables labores de apostolado. En 1886 habían creado el Asilo Nacional Masónico Llanso y la biblioteca pública de Pinar del Río. En 1880 la Gran Logia de la Isla de Cuba, mantenía tres escuelas públicas. Durante los años de la restauración se consolidaron en Cuba las obediencias importdas de la metrópoli. No eran propensos a la emancipación. Las obediencias españolas no eran reconocidas como regulares por la masonería anglosajona, contrariamente a la cubana que era de filiación norteamericana.

Los masones cubanos procedían de la burguesía comercial y de profesiones liberales. Fueron estas clases las que aportaron mayores contingentes al independentismo isleño. Los máximos líderes independentistas, sin excepción, José Martí, Máximo Gómez, Carlos Manuel de Céspedes y Antonio Maceo, pertenecieron a la masonería.

En el Congreso Internacional Masónico de Lausana, celebrado el 6 de septiembre de 1875, había estado presente la masonería cubana de Colón y reconocida su independencia, hasta el punto de que Pere Sánchez ha podido decir, con razón que “Cuba fue independiente en el mundo masónico antes que en el mundo político”.

Los intereses comerciales catalanes y la presencia masiva de indianos llegados sobre todo del litoral al norte de Tortosa, hicieron que esta región tuviera una sensibilidad particular en relación a la cuestión cubana. Desde Barcelona proliferó una literatura -habitualmente coincidente con el catalanismo político- que consideraba a la masonería como origen de todas las calamidades coloniales de España. La tesis de esta corriente era que la masonería conspiraba sistemáticamente a favor de todos los movimientos independentistas en América, desde 1812. Pero también existió otra corriente masónica cuya toma de posición fue, cuanto menos, sinuosa y oscilante. Mientras que el G.O.D.E. rompió con la masonería cubana, el G.O.N.E., respetó su independencia. Ninguna de las obediencias peninsales alabaron el proceso de independencia cubana; pero esto no debe extrañar. La metrópoli difícilmente aceptaba perder la colonia y cualquier toma de posición en esa dirección hubiera resultado impopular.

En 1895, cuando estalla el episodio final de la guerra de Cuba, el capital general de la isla reclama la clausura de las logias. Quedaba poco que hacer; El 23 de febrero se inició la fase final de la guerra de la independencia. La familia Hearst teleguiaba la opinión pública americana azuzándola contra España. En España -santa inconsciencia del hidalgo situado fuera de los mass media- la opinión pública estaba por la defensa armada de la integridad nacional. Solo la prensa vinculada al movimiento obrero se declaraba pacifista. El 10 de diciembre de 1898, la Paz de París, convirtió en ociosa toda la polémica…

Dos años después de la resolución del proceso independentistas, lo poco que quedaba de la masonería en España y, singularmente uno de sus obediencias más heterodoxas, la Gran Logia Simbólica Regional Catalano-Balear, reconocía el papel preferente de las logias en el proceso independentista cubano: “Merced a vuestros desinteresados y acertados esfuerzos habéis al fin coronado vuestra obra con la declaración de Independencia. La Isla de Cuba, libre ya de trabas y tutelas, entregada a sí misma, podrá desenvolver todas sus actividades y aunar todas sus fuerzas para dar a su pueblo, por medio de la libertad y del progreso, la tan deseada feicidad. Los masones de la Región Catalano-Balear participamos gozosos de vuestra satisfacción: vuestras alegrías son las nuestras, como lo fueron en otros tiempos vuestras esgracias, éste es el deseo manifestado a eta Gran Maestría por las Logias de la Federación, con encargo exprofeso de participároslo, como así lo hacemos”.

La masonería cubana reivindicó como propia la independencia. No solamente los líderes de la independencia habían sido masones, sino que de los 5 presidentes que tuvo Cuba hasta 1929, tres habían pertenecido a las logias; el último, Gerardo Machado, dictador entre 1924 y 1933 suprimió las libertades constitucionales. El 2 de febrero de 1929 Machado cedió por decreto a la Gran Logia de Cuba un solar para constituir la sede de su obediencia y el mismo año se le concedió el grado 33.

Lo de Filipinas apunta aun más a la responsabilidad masónica. Antes de 1871 apenas había masonería en Filipinas. Aquella colonia tenía una burguesía débil, muy ligada a órdenes religiosas. La masonería llegó con el Sexenio Democrático. Lo poco que había antes puede resumirse en pocas líneas. El primer establecimiento masónico en Filipinas databa de 1746. Existió una logia constituida por anglosajones residentes en Manila. En 1756 dos irlandeses fueron juzgados por la Inquisición acusados de pertenecer a la masonería, prohibida entonces en la metrópoli. Entre 1762 y 1764, durante la ocupación inglesa se constituyó una logia militar e incluso el obispo de Manila dió cuenta de reuniones en el interior de la catedral. La historia moderna de la masonería filipina se inicia en 1856 cuando dos oficiales de marina, instalaron en Cavite la logia “Primera Luz de Filipinas”, vinculada al Gran Oriente de Lusitania. Estos dos oficiales, con el paso del tiempo, continuaron con su militancia masónica, al tiempo que se convertían en máximas autoridades militares en las islas, llegando José Malcamps a capitán general y Casto Méndez Núñez, segundo comandante de la flota española. Sin embargo, estas logias no admitían ni indígenas ni mestizos. Debió ser en una logia de obediencia alemana, donde se inició el primer indígena, Jacobo Zobel que no tardó en convertirse en secretario de taller. A esta incorporación siguió la creación de una logia inglesa y otra española abierta a indígenas. En 1876 se fundó en Manila una Gran Logia Departamental, con 4 logias en la Capital, También el GOE abrió las puertas en 1888-9; esta obediencia, bajo la dirección de Morayta, decidió impulsar su implantación en Filipinas. La obediencia de Morayta quería poner fin al dominio eclasiástico en el archipiélago y darle representación parlamentaria. El G.O.E. dió aumentos de grado bruscos, contraviniendo todos los usos “normales” de la masonería. El GOE constituyó un Gran Consejo Regional de Filipinas, presidido por Manuel Abad y una Gran Cámara Consultiva presidida por Eduardo Martín y Pedro Groizard (los 33 grados conseguidos en 11 meses). En 1896, cuando se inició la sublevación había 36 logias.

Existió una pequeña masonería de adopción fundada por la hija de Faustino Villarruel, “hombre vividor de esta clase de negocios masónicos”. Rosario Villarruel, iniciada en masonería en Hong-Kong, se erigió en Venerable de la primera logia de mujeres en Filipinas que logró atraer a muchas mestizas. En 1864 existían en Hong-Kong dos logias dependientes de la Gran Logia Unida de Inglaterra.

Sin embargo, la masonería filipina era demasiado débil para encabezar el proceso independentista. Las logias, en ese momento, solo estaban abiertas a originarios de la metrópoli o nacidos en las islas, pero de raza blanca. Los indígenas estaban excluidos de las logias maónicas de obediencias peninsulares o europeas. La sublevacion fue encabezada por el llamado “Katipunan”, una organización compuesta por mestizos e indígenas, constituida en Manila en 1892. Su nombre completo era “Kataastaasan kagalanggalang Katipunan Nag Mga Anak ng Bayan”, que unos traducen como Suprema y Venerable Asociacion de los Hijos del Pueblo y otros como Suprema Liberal Asociación de los Hijos del Pueblo. Resulta curioso que, mientras en el Sur de los Estados Unidos, aparecía el Ku-Kux-Klan como organización secreta de blancos juramentados, al otro extremo del Pacífico, las siglas K.K.K. fueran utilizadas por los independentistas filipinos.

Los fundadores fueron Andrés Bonifacio, Ladislao Diwa, Toedoro Plata e Indefonso Laurel y el primer iniciado, Restituto Javier. A este siguió Miguel Araullo. Aguedo del Rosario, Aurelio Tolentino, Gillermo Masankay, Alejandro Santiago, Bricio Brígido Plantas, Guzmán el Sastre, Mariano Carreón. Todos ellos destacaron como líderes de la lucha independentista. La palabra Katipunan significaba literalmente “reunión de notables”, equivalente a “Comité”. Uno de sus primeros miembros fue un escultor indígena vecino del distrito de Santa Cruz, llamado Romualdo Teodoro de Jesús que definió a la organización diciendo que era una revolución que se concertaba para matar a todos los españoles y apoderarse de las islas, reclamando su independencia. Uno de los mandiles de cuero blanco utilizados por los “katipunan” mostraban una mano que sostenía la cabeza cortada de un español barbudo, y el puñal ceremonial de la secta. El matar, para los “katipunan” no era una bravata, sino algo que llevaron muy frecuentemente a la práctica.

El Katipunan durmió hasta 1893 para no perjudicar a la Liga Filipina. Cuando ésta fracasó, se establecieron los Consejos Populares, Sanguniang Bayan, con una junta formada por un presidente (pangulo), secretario, fiscal, tesorero, “hermano terrible” (malalasig), encargado de la “puerta interior”, y el que tenía a su cuidado la “puerta exterior” cuyo nombre era Taliva; eran los equivalentes al Primer y Segundo Vigilante de las Logias. Los Consejos populares estaban formados por un mínimo dos secciones. La campaña activa del Katipunan empezó en agosto de 1896; en ese momento existían 82 Consejos Populares: 24 en Manila, 2 Cavite, 3 Bulacán, 9 Pampaga, 3 Nueva Ecija, 1 Mindoro, 2 Morong, 2 Tabayas, etc.

El ingreso en el Katipunan se realizaba mediante un pacto de sangre, individualmente por medio de una incisión en el brazo izquierdo del neófito. Con la sangre de la pequeña herida se firmaba un documento de compromiso que terminaba “Y como verdad de lo dicho pongo mi nombre verdadero con la sangre de mis venas al pie de esta declaración”. La fórmula final de juramento era “vencer o morir”. Cuando se podían agrupar 7 personas se formaba una logia.

La simbología masónica del Katipunan está extraida completamente de la masonería. El sello de la organización era una estrella de cinco puntas en cuyo interior se incluía el Delta Luminoso (el triángulo con “el ojo que todo lo ve”). En uno de los puñales para realizar incisiones perteneciente a Enrique Pacheco y encontrado, junto con mandiles y otros instrumentos masónicos, estaban dibujados en el mango, la escuadra, el compás y los tres puntos masónicos. Otro manifiesto de la organización mostraba el logotipo de la cúpula dirigente: dos ramas de acacia enmarcando el delta; dentro de éste la inscripción dentro N.A.B. y a la derecha KKK. “Anac Nang Bayan”, hijo del pueblo. Finalmente, el 28 de mayo 1896, Consejo Supremo de la organización emitió un manifiesto para la sublevación final que se iniciaba en esos momentos. El documento iba presidido por las iniciales A.L.G.D.A.M., verosímilmente, “A la Gloria del Arquitecto del Mundo”. Otros llamamientos difundidos en 1896 iban firmados con un sello con la K irradiante (en lugar de la G masónica) y el lema “libertad, igualdad, fraternidad”.

En 1896, el General Blanco, gobernador de las islas, puso el final de las actividades masónicas en Filipinas. Las logias subsistieron hasta la insurrección general de 1896, el 21 de agosto el gobernador general Blanco al que algunos tenían por masón, telegrafió a Madrid: que “se había descubierto una vasta red de organizada de sociedades secretas con tendencias antinacionales”. Se comunicaba la detención de 22 personas, la mayoría del Gran Oriente de Filipinas. “Los sublevados son indios tagalos fanatizados por las sociedades secretas”. Resulta evidente, en todo el proceso final de la secesión filipina, que las logias masónicas y el Katipunan se confundían y no precisamente por mala fe del observador. Los escasos historiadores que han estudiado el Katipunan dicen de él que fue una copia de la masonería. Fue algo más que eso, fue la masonería para indígenas y mestizos, de la misma forma que en EE.UU. existe una masonería para afroamericanos y otra para judíos. La diferencia estriba en que el Katipunan fue creado para luchar contra España, por la independencia. Esto es, para hacer bascular Filipinas a la órbita americana. La palabra “independencia” no debe equivocarnos. Y otro tanto vale para Cuba. Las autoridades españolas tenían al Katipunan como el “brazo armado” de la masonería filipina. No era eso exactamente, aunque en la práctica lo pareciera. Lo que, desde luego, no era, era el “carbonarismo filipino”. Los carbonarios desaparecieron en Europa a mediados del XIX; el último grupo detectado en Madrid data de 1846. Algunos historiadores masónicos han defendido esta tesis, a partir de una frase encontrada en un documento antimasónico escrito por un misionero español que presenció los acontecimientos en primera fila. Sin excesivo rigor histórico, el padre [nos falta el dato] XXX XXXX lo afirmó por primera vez. Se comprende que, cien años después de estos acontecimientos que entrañaron, en la práctica, el desmadejamiento de las logias españolas, los historiadores masónicos intenten quitar hierro al asunto. Algo imposible, por que el Katipunan, difícilmente puede ocultar su inspiración masónica. Otra masonería -indígena y mestiza- pero masonería al fin y al cabo. Y es que la “Luz del Sur”, más que calor, lo que hace es quemar.

Cuando la flota española fue destrozada en Cavite (al alba de la noche de Valpurgis de 1898) y Santiago de Cuba (poco antes de San Fermín de ese año), sin que fuera capaz de causar ni un leve arañazo a la escuadra norteamericana, cuando 400 españolitos escasamente armados lograron detener durante 16 días a 20.000 marines en su avance sobre Santiago de Cuba nada más estallar la primavera, y, finalmente, cuando se rindieron los últimos defensores de fuerte Baler, los “últimos de Filipinas”, un año después de que se hubiera firmado la Paz de París, quedó manifiesto que algunos españoles todavía sabían morir con honra. Pero eso que valió en la época dorada de la hidalguía contaba poco en este fin de siglo.

Ya hemos visto en otra obra y en el Capítulo VI de ésta, como hay que ver el papel histórico de los Estados Unidos. En la crisis que liquidó el Imperio Español, la potencia americana utilizó “sus” logias masónicas como quinta columna de su formidable expansión imperialista que, apenas se iniciaba y que ha proseguido apenas imparable durante la última centuria. España hubiera terminado pactando la independencia con los rebeldes cubanos, muchos de los cuales eran auténticos nacionalistas. Pero MacKinley prefirió utilizar la política del salchichón: la primera rodaja cortada fue el debilitamiento de la presencia española; la segunda, la intervención directa. Iniciada esta con la voladura del “Maine” (para los EE.UU. la muerte de 260 marinos de los 325 del buque era un escuálido tributo maquiavélico) y la histeria belicista antiespañola desencadenada por Randolph Hearst, los planes de intervención en Cuba culminaron en menos de un mes. La guerra estaba ganada por los rebeldes, pero EE.UU. quería que la victoria le perteneciera en propiedad; por eso volaron el “Maine”; por eso intervinieron directamente en Cuba. Por eso instalaron gobiernos títeres hasta la llegada de Castro a finales de los cincuenta. Por cierto, hablando de Castro. Cuba fue el único país de régimen comunista que permitió las actividades masónicas sin obstaculizarlas lo más mínimo… Al año siguiente, para más oprobio, se vendieron las islas Marianas, Carolinas y Palaos, a precio de saldo.

Y entre tanto ¿qué pasaba en la Metrópoli? La crisis del 98 y el “diktat” de París fueron la prueba más fehaciente de que aquí no funcionaban ni gobierno, ni partidos, ni instituciones. La situación hizo que se precipitaran nuevas fuerzas creadoras coaguladas en lo que se ha dado en llamar “generación del 98”. No nos engañemos, se trataba de intelectuales. Intelectual, decía Drieu la Rochelle, no es aquel que piensa, sino el que hace del pensar una profesión (como, por lo demás, haría el propio Drieu). No eran hombres de acción, ni tampoco políticos de relumbrón, aunque surgieron opciones políticas directamente inspiradas en la generación del 98. Solo Joaquín Costa, Polavieja y Silvela que fracasaron en su opción de crear un “movimiento nacional”. Se les lamó “regeneracionistas”. Tienen, a nuestros efectos, un interés muy secundario; mayor fue el papel de los intelectuales. Se dedicaron a pensar “sobre España”. Algunas ideas supusieron el retorno del espíritu de los orígenes, otras fueron meras divagaciones. Solo en algunos momentos pareció que la “Luz del Norte” volvía a brillar, siquiera tenuemente sobre aquel país que entraba en el siglo XX en plena crisis.

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